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La mejor postura antiálgica

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lunes, 11 de noviembre de 2013

CAMEL- BARBICAN- 28/10/2013







Ahora que me he serenado y que al fin he puesto días de por medio, podría intentar plasmar lo que ha supuesto subirme en las alas de este níveo ganso de Camel que nos ha ensillado un renacido y atemporal Andrew Latimer.

Pero antes de empezar, quizás unas breves notas acerca del traslado a Londres.
Sin duda alguna somos más dados en mi casa a los viajes domésticos, y por eso hay que valorar en su justa medida el esfuerzo de Iciar por vencer su miedo a volar; así como que Iñigo perdiera dos días de clase a tan sólo una semana de la primera evaluación de este 2º de batxillerato tan decisivo. Ambos tuvieron que aguantar mis prisas y mis descontroles woodyallenescos por los pasillos de los aeropuertos y por los andenes de las estaciones, por lo que les estoy –siempre- en deuda impagable.
Por lo que a mí respecta, conseguí por fin poner en práctica mi inglés de toreo de salón, para sacarlo a un ruedo donde erales y novillos se convirtieron en recepcionistas, chóferes, vendedores, o meros transeúntes.  Superamos con Flying Colours el síndrome de Paco Martínez Soria, y quedamos con ganas de volver a cualquier otro evento que nos reclamase desde la no tan pérfida Albión.
Pues eso, que comimos "Fish and chips" en traditional Pubs, compramos discos en Camden Town, navegamos por el Támesis, y buceamos bajo el asfalto londinense por las entrañas del suburbano más antiguo del mundo




Y así, deleitándonos en Londres durante el sábado y el domingo, llegamos por fin al tan ansiado lunes en el que Andy nos tenía reservado el momento más memorable de nuestro viaje.
Desde la estación de Oxford Circus (la más cercana a nuestro hotel) a la de Liverpool Street, para allí cambiar a la "circle line"  y tras dos estaciones más llegar a la salida del Barbican Center.
La oscuridad y quietud de esa zona hacían que las ocho de la tarde  se parecieran más a las doce de la noche, y tras superar un laberinto de escaleras y pasillos por aquel complejo urbanístico al fin nos pudimos guarecer de las tinieblas entrando en el inmenso auditorio. Luces, tiendas, bares, pero sobre todo una multitud de seguidores que, como nosotros, esperaban ansiosos, nerviosos, espectantes, el momento de hacer uso de las codiciadas entradas.
Teníamos aún media hora larga de espera, y la regamos tomándonos unas cervezas (los mayores de edad) y una coca cola. A Iñigo se le notaba nervioso, haciéndonos de vez en cuando alguna observación acerca de lo carrozas que eran (éramos) la mayoría, y de cómo se sentía un poco bicho raro entre tanto abuelo luciendo orgullosas camisetas retro. Algún grupo había venido desde Argentina, como así lo gritaban sus camisetas. Había americanos que viajaron sólo para oír el concierto. Pero el premio se lo llevaron aquellos que se presentaron en Londres volando desde Australia sólo para asistir a esa oportunidad de ver, quizás por última vez para ellos, un concierto en vivo y en directo de su grupo favorito.
Ya dentro, nos encontramos con que los asientos que estaban delante de nosotros los ocupaban una familia de Leganés cuyos hijos, chico y chica, serían poco mayores que Iñigo e igual de seguidores de la banda.
Y empezó el concierto. Se apagaron las luces y se encendió el escenario con un azul bilbao que se fue llenando con los integrantes del grupo, hasta que por fin, salió Andy Latimer con su guitarra en ristre. La ovación fue estremecedora. Antes de tocar una sola nota el líder de la banda se ganó un recibimiento abrasador sólo por ser quien era, y por haber regalado al respetable tantísimos momentos grandiosos a lo largo de su histórico musical.

Ver a ese hombre agradeciendo la salva de aplausos durante tantos minutos, gozando de tamaña aclamación sólo por salir y mostrarse, ya presagiaba que lo que estábamos a punto de presenciar iba a conseguir que nos sintiéramos parte de algo inenarrable. El entusiasmo era atronador y el ambiente electrizante. Un ligero cosquilleo erizaba el vello de mis brazos. Y aún no se había escuchado ni una sola nota.
Tras un eón de aplausos, entonces,  Andy, pudo empezar a agradecer tal erupción volcánica:  “well, it´s been quite while. Thank you. It´s good to be here.  At my age it´s good to be anywhere”.
La primera parte de aquella noche sublime la ocupó Snow Goose al completo. Y no fue una reproducción al pie de la letra del fantástico disco tal y como lo tenemos memorizado nota a nota en nuestro adn musical. A medida que progresaba, nos dábamos cuenta de las sabias variaciones a las que el autor sometía a su obra. La modificaba, la torneaba, la recreaba. Era como si nos estuviera sometiendo al juego de descubrir las diferencias. Vimos y escuchamos pues a un Ganso de Nieve vivo, atemporal, que viajaba desde el pasado en el que lo conocimos hasta el presente de aquella majestuosa sala de conciertos, con unas plumas remozadas, renovadas, que lo elevaban sobre nuestras cabezas como el espíritu de la buena música que era.
Tras un pequeño receso en el que salimos al "merchandising stall" paraa comprarnos un par de camisetas que conmemorasen el evento, se inició la segunda parte de aquel milagro donde se iba a acometer la selección de temas de toda la carrera de Camel. Yo no tenía ni la menor idea del jukebox que se nos venía encima, y así se convirtió en un verdadero placer acoger primero el memorable "Never Let Go" del primero de sus discos, para seguir con "Song within a song" de "Moonmadness", o "Echoes" de "Breathless". He de admitir que lo que siguió no lo controlaba porque sin duda venía de sus últimos discos.

La salida del escenario al final del segundo bloque fue coronada de nuevo con una inmensa algarabía de aplausos, silbidos de adoración y griterío de aliento. Así salieron de nuevo para retomar el "Never Let Go" con el que ya  abrieran la segunda parte, aunque esta vez dedicándosela al compañero ausente Peter Bardens.
Y como no podía ser de otra manera, el broche vino en forma de uno de sus himnos más conocidos, de la eterna "Lady Fantasy".
Una banda que estuvo a la altura de uno de mis guitarristas favoritos de todos los tiempos, de un compositor de esa música atemporal que me traslada al pasado y que sin embargo permite que la siga escuchando con oídos nuevos para descubrir nuevas sensaciones.



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