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La mejor postura antiálgica

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sábado, 16 de noviembre de 2013

MANUEL








Hoy he visto a Manuel  bajo la lluvia. Vestía una gabardina de tiburón de banesto sobre un traje del que sólo se vislumbraba el nudo italiano de una corbata carmesí. Portaba un maletín donde a buen seguro,  entre la documentación tediosa de los créditos que esté gestionando en el banco, se esconderá una suculenta novela .
Hacía mucho que no me topaba con él. La última vez  en Ezcaray cuando el azar lo llevó con unos parientes a sostener una copa de vino en la terraza del Masip. Y la anterior, cerca ya de veinte años atrás, en un restaurante de Vara de Rey, en Logroño. El comía con unos clientes  del Banco Pastor para el que trabajaba, y yo rumiaba mi soledad sobre un plato de caparrones del que luego pasaría el ticket a Heinemann Iberia.
Poco tiempo atrás habíamos terminado con la universidad. Sólo coincidimos como compañeros durante los primeros dos años de aquella etapa . Luego él dio un giro copernicano cambiándose de facultad, de provincia y de novia. Pero aquellos dos cursos fueron los suficientes como para dejarme una muy buena  impronta de su influencia y poso.
Manuel y María se conocieron probablemente  el primer día de clase. Ese en el que todos nos quedábamos atónitos con los ambientes y espacios nuevos,  ese en el que ellos seguramente hicieron otras prospecciones más personales que les llevaron a llamarse uno a otro Manuel, María, con una gracia, cadencia y sensualidad como de viejos amantes. En un tiempo en el que los nombres se apocopaban, o se habían dejado contaminar por la euskerización imperante, o se sustituían por los apellidos, escucharlos por los pasillos, por la cafetería o por las bibliotecas cómo Manuel llamaba a María, cómo María llamaba a Manuel,  era un gesto cotidiano que aparentemente no llamaba la atención, aunque estoy seguro de que a todos nos contagiaba una pertenecía a esa nueva realidad que empezaba a ser el conocerlos.
Esta mañana cuando lo he visto bajo la lluvia se desplazaba  con abandono y  firmeza a un tiempo.  Sin fruncir el enterecejo por el molesto txirimiri afrontaba los primeros minutos del día con el aplomo de un par de cafés cargados. Su rostro me ha trasladado  a aquella tez atractiva y juvenil con la que vestía los silencios antes de soltar la gracia, la crítica caústica o el empellón verbal.
Creamos durante el primer año con los Pueyo,  Larrea, Eneko y él mismo, una revista de aciago título: “Rúbricas de humo y cristal”. Queríamos imponer nuestras influencias mamadas en nuestros respectivos institutos, y sorprendernos mutuamente   los unos a los otros con el pergeño más atroz en verso libre, o con el embaucador y sibilino plagio en terceto encadenado.  Manuel, se distanciaba de la lírica empero, la aborrecía y denostaba. Aún así, en enero, por mi vigésimo aniversario, me confesó que encontraba alguno de mis versos no del todo desdeñables. Tal arrogancia y displicencia en su crítica, la acompañó con un regalito cuyo envoltorio no podía ocultar su contenido. Se trataba de “Monkton el loco”, de Wilkie Collins, al que había incorporado una dedicatoria animándome a que saliera del anodino surco lírico para descubrir el mundo de la prosa infinita y llena de posibilidades.
Aún guardo aquel volumen en los estantes, al que se le fueron sumando a diestra y siniestra “La piedra Lunar”, y “La Dama de Blanco”. 



Entré cervezas y vinos, apostados en algún rincón de la cafetería de la universidad nos fuimos encontrando y confesando nuestras filias y fobias literarias. Recuerdo indeleble una tarde en la que nos narramos con voz entusiasta los argumentos de sendos cuentos con los que estábamos manchando algunos folios dignos de mejores caletres.
En el suyo, un niño vestido de marinero y rodeado de regalos ansiaba en la soledad de su cuarto que no se acabara el día de su comunión sin percibir algún cambio en su espíritu tras haber ingerido a un ser sobrenatural. La decepción y el engaño se confundían con la pérdida de la inocencia. La impostura se adueñaba de toda la doctrina recibida y el niño apostataba en  soledad mientras la rabia y la rebeldía se hacían fuertes en su mente.
El mío rezumaba  Cortázar por los cuatro costados.  La familia se acicalaba con sus mejores galas  un soleado domingo por la mañana; dejaba la casa y partía en coche para  dirigirse al domicilio de la tía… (no recuerdo el nombre de la tía, probablemente Beatriz, o Ambrosia)  donde ya iban llegando el resto de parientes. Todos contaban con una invitación donde se les apremiaba a que acudieran para despedirse de la anfitriona. Esta había decidido morirse aquél día  a una hora en concreto de la tarde, por lo que había organizado un opíparo festín de despedida. La familia se disponía a aguardar su turno guardando  una luenga fila hasta que les tocaba el turno y le dispensaban todo su amor con arrobadas palabras. Tras la fiesta, en el jardín, ella se retira a sus aposentos mientras, abajo,  en silencio todos aguardan a la sombra de los tamarindos,  bajo las carpas y en el refugio de los veladores  que la entrañable mujer se fuera apagando lentamente tal y como se había comprometido.

Al dejar la universidad durante el segundo año para irse a la facultad de comercio, nos dejó algo huérfanos de gente interesante. La mediocridad y mezquindad imperante entre alumnos y profesores se fue convirtiendo en la tónica así que fue agostándose la carrera, y ello nos fue haciendo ver quizás la clarividencia de Manuel a la hora de abandonar el bote para subirse a otra nave.
El lomo blanco y delgado de “Monkton el loco” entre los estantes siempre a la vista, es mi particular Libro de Manuel, con la venia de Don Julio Cortázar.
Salud Manuel, que no buscas amparo ni cobijo bajo la lluvia de este miércoles de noviembre.

lunes, 11 de noviembre de 2013

CAMEL- BARBICAN- 28/10/2013







Ahora que me he serenado y que al fin he puesto días de por medio, podría intentar plasmar lo que ha supuesto subirme en las alas de este níveo ganso de Camel que nos ha ensillado un renacido y atemporal Andrew Latimer.

Pero antes de empezar, quizás unas breves notas acerca del traslado a Londres.
Sin duda alguna somos más dados en mi casa a los viajes domésticos, y por eso hay que valorar en su justa medida el esfuerzo de Iciar por vencer su miedo a volar; así como que Iñigo perdiera dos días de clase a tan sólo una semana de la primera evaluación de este 2º de batxillerato tan decisivo. Ambos tuvieron que aguantar mis prisas y mis descontroles woodyallenescos por los pasillos de los aeropuertos y por los andenes de las estaciones, por lo que les estoy –siempre- en deuda impagable.
Por lo que a mí respecta, conseguí por fin poner en práctica mi inglés de toreo de salón, para sacarlo a un ruedo donde erales y novillos se convirtieron en recepcionistas, chóferes, vendedores, o meros transeúntes.  Superamos con Flying Colours el síndrome de Paco Martínez Soria, y quedamos con ganas de volver a cualquier otro evento que nos reclamase desde la no tan pérfida Albión.
Pues eso, que comimos "Fish and chips" en traditional Pubs, compramos discos en Camden Town, navegamos por el Támesis, y buceamos bajo el asfalto londinense por las entrañas del suburbano más antiguo del mundo




Y así, deleitándonos en Londres durante el sábado y el domingo, llegamos por fin al tan ansiado lunes en el que Andy nos tenía reservado el momento más memorable de nuestro viaje.
Desde la estación de Oxford Circus (la más cercana a nuestro hotel) a la de Liverpool Street, para allí cambiar a la "circle line"  y tras dos estaciones más llegar a la salida del Barbican Center.
La oscuridad y quietud de esa zona hacían que las ocho de la tarde  se parecieran más a las doce de la noche, y tras superar un laberinto de escaleras y pasillos por aquel complejo urbanístico al fin nos pudimos guarecer de las tinieblas entrando en el inmenso auditorio. Luces, tiendas, bares, pero sobre todo una multitud de seguidores que, como nosotros, esperaban ansiosos, nerviosos, espectantes, el momento de hacer uso de las codiciadas entradas.
Teníamos aún media hora larga de espera, y la regamos tomándonos unas cervezas (los mayores de edad) y una coca cola. A Iñigo se le notaba nervioso, haciéndonos de vez en cuando alguna observación acerca de lo carrozas que eran (éramos) la mayoría, y de cómo se sentía un poco bicho raro entre tanto abuelo luciendo orgullosas camisetas retro. Algún grupo había venido desde Argentina, como así lo gritaban sus camisetas. Había americanos que viajaron sólo para oír el concierto. Pero el premio se lo llevaron aquellos que se presentaron en Londres volando desde Australia sólo para asistir a esa oportunidad de ver, quizás por última vez para ellos, un concierto en vivo y en directo de su grupo favorito.
Ya dentro, nos encontramos con que los asientos que estaban delante de nosotros los ocupaban una familia de Leganés cuyos hijos, chico y chica, serían poco mayores que Iñigo e igual de seguidores de la banda.
Y empezó el concierto. Se apagaron las luces y se encendió el escenario con un azul bilbao que se fue llenando con los integrantes del grupo, hasta que por fin, salió Andy Latimer con su guitarra en ristre. La ovación fue estremecedora. Antes de tocar una sola nota el líder de la banda se ganó un recibimiento abrasador sólo por ser quien era, y por haber regalado al respetable tantísimos momentos grandiosos a lo largo de su histórico musical.

Ver a ese hombre agradeciendo la salva de aplausos durante tantos minutos, gozando de tamaña aclamación sólo por salir y mostrarse, ya presagiaba que lo que estábamos a punto de presenciar iba a conseguir que nos sintiéramos parte de algo inenarrable. El entusiasmo era atronador y el ambiente electrizante. Un ligero cosquilleo erizaba el vello de mis brazos. Y aún no se había escuchado ni una sola nota.
Tras un eón de aplausos, entonces,  Andy, pudo empezar a agradecer tal erupción volcánica:  “well, it´s been quite while. Thank you. It´s good to be here.  At my age it´s good to be anywhere”.
La primera parte de aquella noche sublime la ocupó Snow Goose al completo. Y no fue una reproducción al pie de la letra del fantástico disco tal y como lo tenemos memorizado nota a nota en nuestro adn musical. A medida que progresaba, nos dábamos cuenta de las sabias variaciones a las que el autor sometía a su obra. La modificaba, la torneaba, la recreaba. Era como si nos estuviera sometiendo al juego de descubrir las diferencias. Vimos y escuchamos pues a un Ganso de Nieve vivo, atemporal, que viajaba desde el pasado en el que lo conocimos hasta el presente de aquella majestuosa sala de conciertos, con unas plumas remozadas, renovadas, que lo elevaban sobre nuestras cabezas como el espíritu de la buena música que era.
Tras un pequeño receso en el que salimos al "merchandising stall" paraa comprarnos un par de camisetas que conmemorasen el evento, se inició la segunda parte de aquel milagro donde se iba a acometer la selección de temas de toda la carrera de Camel. Yo no tenía ni la menor idea del jukebox que se nos venía encima, y así se convirtió en un verdadero placer acoger primero el memorable "Never Let Go" del primero de sus discos, para seguir con "Song within a song" de "Moonmadness", o "Echoes" de "Breathless". He de admitir que lo que siguió no lo controlaba porque sin duda venía de sus últimos discos.

La salida del escenario al final del segundo bloque fue coronada de nuevo con una inmensa algarabía de aplausos, silbidos de adoración y griterío de aliento. Así salieron de nuevo para retomar el "Never Let Go" con el que ya  abrieran la segunda parte, aunque esta vez dedicándosela al compañero ausente Peter Bardens.
Y como no podía ser de otra manera, el broche vino en forma de uno de sus himnos más conocidos, de la eterna "Lady Fantasy".
Una banda que estuvo a la altura de uno de mis guitarristas favoritos de todos los tiempos, de un compositor de esa música atemporal que me traslada al pasado y que sin embargo permite que la siga escuchando con oídos nuevos para descubrir nuevas sensaciones.



viernes, 25 de octubre de 2013

LONDON



Todo llega.
Ya casi ni me acuerdo de cuándo fue que compramos las entradas para el Barbican. Quizás por abril. Y estaba todo tan lejos. Podía suceder hasta que a Latimer le diera un arrechucho. O a nosotros. Pero ya estamos aquí. En la previa. En la víspera. Mañana estaremos paseando por Carnaby, Regents, Leicester, por el Soho, Covent Garden, Candem... Y el lunes veremos por fin a Camel. Escucharemos íntegro Snow Goose, y algún que otro éxito como Lady Fantasy, Never let go, Nimrodel, Breathless.... Primero fue Jethro Tull en Donosti, y ahora Camel en Londres... es que acaso voy a recuperar en directo a mis joyitas de cuando churre?








En aquella época no sabía tanto de la formación. Eran los años 80, y mi colección musical oscilaba entre vinilos y cassettes. De Camel, por ejemplo, eran todo cintas, con lo que toda literatura que pudiera venir en los álbumes, junto con las fotos, etc... estaban reservadas a otros ojos que no fueran los míos. Mi padre me fabricó una estructura de madera con forma de casa, con tejado y chimenea, donde en cuatro o cinco estratos -tipo rue de Percebe- se iban disponiendo los vivos colores de los lomos de mis cassettes. De Camel, estaban Mirage, Nude, Breathless y I can see your house from here, pero era Mirage el que sonaba recurrentemente en aquella habitación. El pequeño formato tenía la ventaja de convertir la adicción en adicción portátil, y así me llevaba a Burdens y a Latimer de vacaciones a La Mancha, donde los atosigaba una y otra vez en el radio cassette del Renault 7 de la familia.


Se trata de una banda longeva donde las haya, aunque hoy día es el vulnerado Latimer  el único integrante de la formación original. Hace 11 años murió Burdens, quien ya había abandonado hacía mucho la banda, y por aquel entonces también Andy cayó en barrena. Trasplante de médula, tratamiento severo y agresivo, y aquí está de nuevo, listo para recuperar Snow Goose en su integridad. Dog save the Camel!!!!!!

lunes, 16 de septiembre de 2013

Summer Time

SO FAR SO CLOSE



domingo, 15 de septiembre de 2013

THE NEXT DAY



Llaman al timbre desde la calle y me responde al telefonillo el bueno de Amalfitano. Últimamente hemos hablado or teléfono, y nos hemos estado guasapeando alguna tontería con la excusa de lo de Ana Botella, pero hacía tiempo que no lo veía en persona, tres meses quizás. Lo encuentro bien, subiendo las escaleras de dos en dos, con denuedo y resolución hasta el rellano donde lo estoy esperando con una sonrisa y un abrazo.
Lo siento fuerte, como si durante estos meses de verano se hubiera estado mazando en un gimnasio. Se lo digo y se ríe porque dice que es cierto, que no se ha ido a ningún sitio y que se ha dedicado a luchar contra el efecto avejentador del paso del tiempo.
Ya sabes, que no he hollado uno de esos centros de tortura desde que fui al instituto, le digo. Pues mal hecho. Se trata de una honorable institución fundada en tiempos inmemoriales por los griegos. Sí ya, unos bujarras que con la excusa de filosofar al calor de las termas se cepillaban a los mancebos con todo el estoicismo del que eran capaces. Porque supongo que sabrás que el vocablo significaba en griego lugar donde ir desnudo o algo así.
Eres un pureta Fructus. O sea que si iban desnudos ya significa que eran pederastas o bujarrones. Se trataba del cuerpo, tío. De lo que somos. Aquellos espartanos eran la hostia , eran los defensores de la Polis, y para ello los únicos antidisturbios que tenían eran sus bíceps, tríceps y cuádriceps.
Sí, como si no se supiera ya que toda la Grecia desde Zenón hasta Alejandro tenía más pluma que el Mario Vaquerizo. Pero bueno, es igual, el caso es que estos gimnastas patrios se han quedado igual de en pelotas que aquellos griegos fornidos del Peloponeso por culpa de esa panda de ineptos inmorales que son los políticos que han querido encender el pebetero en La Cibeles.

Bueno, y así seguimos hilvanando tontura tras tontura. Le invito a un güisqui, que mezclamos con agua del tiempo, sin hielo, y que tomamos plácidamente asomados al bosque de abedules que se divisa desde el livinrum.
Me dice que está un poco preocupado por mi indolente actitud hacia Ekoizle. Que no escribo, y que he de luchar contra ese dolce far niente que me atenaza la creatividad. Me anima a que pixele el tatami de mi huerto con cualquier tontería que se me ocurra, que cuelgue fotos o que refiera mis impresiones sobre lo que acabe de leer o de escuchar, como hace todo el mundo. O si no que para qué cojones creé el blog.
Reímos y bebemos. La botella de Chivas va perdiendo su color ambarino para convertirse en un simple vidrio transparente. Me cuenta varias anécdotas desternillantes, las películas que ha visto. Nos detenemos en la última de Tornatore y ambos la ensalzamos, al igual que Holy Motors que vimos juntos al principio del verano acompañados por mi hijo. Ha comprado, como yo, The Next Day de Bowie, y también nos deshacemos en alabanzas. Me levanto y lo pongo. Suena The Stars (are out tonight). Cómo hemos podido vivir hasta hoy sin esta maravilla del Bowie sesentón. ¿mejor que Ziggy? Mmmmmm….. joder, nos estamos levantando y estamos bailando esta maravilla de tema. Nos descojonamos viendo que bailamos muy parecido al estilo western sacando las pistolas.Pero qué pasa si parecemos Anaximandro y Anaxímenes calentando antes de una sesión epicúrea. Qué más da! este ritmo endiablado nos manipula como a títeres por toda la estacia saltando y triscando como jodidas cabras del glam.
Bueno vale, el siguiente tema es más hipnótico. Love is Lost. Nos relajamos un poco y nos componemos mientras entre risas recuperamos nuestros vasos y nos sentamos de cara otra vez a los abedules.
 
Saco algo para picar. I´m feeling peckish, yes, thanks, dice. Roquefort, anchoillas de Santoña, y metemos a Chivas al banquillo para sacar de refresco un crianza alavés, un Riscal. Se nos suelta la lengua, subimos el volumen y ahora pongo a Dylan. Estaba muy a mano Slow Train Coming y oímos la guitarra de Knophler ambientando los versículos de Mr Zimmerman. La que menos me gusta de este disco es la de los animales. Coincido, le digo. Es como si la hubiera compuesto Gloria Fuertes. Reimos y brindamos por ella, por Gloria, no por la canción.
Entonces me dice que el otro día, mientras caminaba por Bilbao le vino una tonada maravillosa. Nueva, inédita, que de verdad no era nada que hubiera escuchado antes, que era un diamante, una canción redonda, una joya en la que había que engastar un letra a la altura. Se paró en un parque y lo intentó garabateando sobre una hoja libre de la agenda. Lo hizo. El texto le pareció una maravilla a la altura de la música. Se sintió ingrávido. Pero tenía miedo de perder la melodía,  de que se le olvidara. Podría intentar escribirla en un rudimentario pentagrama, que para eso había estudiado solfeo cuando churre. Pero sucedió lo que tenía que suceder. La mayor de las desgracias posibles. Lo llamaron al móvil, y en lugar de no contestar hasta que hubiera transcrito la canción, habló sobre descuentos y fechas de entrega durante más de diez minutos seguidos, de forma que las notas, las corcheas, los soles y los res y los las se esfumaron para siempre. Una tragedia. Había pensado en visitar a un psiquiatra o a un psicólogo, a alguien que le rescatara de su disco duro toda la información de ese día, pero había llovido ya mucho sobre ese suelo y se habría borrado toda huella de aquella obra maestra. Tenía la letra en la memoria. La letra sí. Pero la letra no valía nada. Nada. Sin la Música. Era naif, irrisoria, ridícula, como le pasaba a la mayoría de las canciones. Le dije que me la recitara con el énfasis y la circunstancia con que la compuso; y he de decir que entre los efluvios del scotch y los efectos del Rioja Alavesa, me pareció un bonito y sencillo poema. Obviamente al día siguiente me pareció una mierda.

A veces no la tienes
A veces se te va
Pero la mayor parte del tiempo
La luz te envuelve
Como un fuerte aguacero
Como una tempestad
Tu voz se vierte en mi oído
Y me envuelve
Tus dulces feromonas
Luchando con la sal de tu sudor
Se abren paso hasta mis fosas
Y me envuelven

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Thin Lizzy

Both dead   What a waste




martes, 27 de agosto de 2013

Tantas Muertes...

Ya he vuelto. Safe and Sound. Las rutinas me reciben de nuevo con su media sonrisa semiácida tras el descanso estival. Ni un arañazo. Alguna picadura sí. Alguna mancha solar; pero ninguna caída desde lo alto de Scott, ni un mal derrape, ningún tropiezo...
Y lo digo porque el verano empezó con los niños ahogados en las piscinas, y siguió con el tren de Santiago, y continúa con los gaseados en Siria, y con la mierda de guerra santa entre palestinos e israelíes.Y ahora, por si fuera poco, el gran JJ Cale.



lunes, 1 de julio de 2013

HARRY QUEBERT vs ALONSO QUIJANO

Oh, vaya, más de un mes sin escribir. Será que padeceré yo también la enfermedad de la página en blanco al igual que Marcus Goldman o Harry Quebert? Qué maravillosa intriga en este redondo bestseller que es "La verdad sobre el caso Harry Quebert". Casualidades de las lecturas; justo antes de iniciar la novela de Jöel Dicker terminé la relectura de Indignación de Philip Roth. Y mira por dónde página a página se va descubriendo que Dicker es un excelente lector de la novela americana, y así me encuentro con escenas compuestas con base a la admiración que sin duda profesa por Roth, y desde luego por Nabokov.



Claro que puedo decir que será una lectura de verano, pero en realidad en dos semanas me la ventilo, pues es líquido y fresco, sugerente y arrebatadoramente adictivo.
En este fin de semana que me he pasado en La Rioja he llegado a la página 309. Le doy dos días así que encuentre el acomodo, y las paradas en los semáforos me sean propicias.
Hacía tiempo que no nos dejábamos caer por nuestra segunda tierra. Las lluvias, los exámenes del heredero, el trabajo...
Hemos encontrado una campiña florida y frondosa, abundante y henchida, verde e irisada de campos orgullosos de su trigo y remolacha.



.






El paseo matinal pedaleando sobre Scotty y en compañía de Iciar por el Camino de Santiago, ha sido revitalizador. Los peregrinos, con hambre de sol, se tostaban en su paso lento. Algunos iban bailando ensimismados, ajenos a todo en su particular beatitud de auriculares ocultos bajo el sombrero de paja.
Valpierre nos ha reencontrado lanzándonos por su vertiginoso descenso; y La Cuesta de La Degollada nos ha vuelto a retar en ese pulso hercúleo que finaliza en el campo de golf de Cirueña.
Todo sigue igual que el año pasado. Todo sigue su curso, su ciclo. Seguimos aquí. Con los ojos ansiosos de paisajes abiertos y tendidos,  hasta que los trigales se pierdan en un punto de fuga hacia poniente.
Fuimos el domingo, también ciclando, hasta Bañares. Queríamos comprar El País y en nuestro pequeño pueblo no hay tienda alguna que no sea el bar de La Rusa, limitado al vermouth, al carajillo, al corto de cerveza, y -al menos eso sí- al pan nuestro de cada mañana.
En Bañares venden el períodico en la carnicería, por esas reglas locas del mundo rural. Y mientras íbamos hacia allí, captó mi atención una placa que colgaba a la vera de la puerta del ayuntamiento. Me pareció que nunca antes había reparado en ella, y me detuve a sus pies por ver qué fuera lo que decía.
Y oh cáspita y válgame el cielo, que lo que veo no es otra cosa que la mismísima portada del Quijote de 1605, reproducida como en facsímil, donde Don Quijote aún no figura como caballero en la portada, sino como hidalgo, pues cuando principia la aventura aún no ha sido nombrado caballero ni por castellano ni por ventero alguno.


Y tras preguntarme cómo se me ha podido pasar por alto tal literario y curioso detalle en el pueblo de Bañares, (pues vienen siendo varias las veces que por aquí nos pasamos), caigo en la cuenta de que la placa se ha inaugurado no hace ni quince días, gracias a la voluntariosa beneficiencia del conde de Bañares, a quien en la misma portada Cervantes dedica su obra. El actual conde ha heredado el título de su madre y ésta de la suya, y así sucesivamente hasta llegar a aquél que figura en la dedicatoria y que parece ser que fuera un gran mecenas, no sólo de la obra del manco, sino también de la de Góngora, de alguna de Lope de Vega y así como de la de Francisco de Rojas...entre otros.
A Enrique Rúspoli y Morenés, que así se llama el llevador del condado, no le une prácticamente nada a esta villa, y de hecho ésta es la segunda vez que pisa el suelo de Bañares. Aun así,  ha querido hacer la gracia, toda vez que parece ser pasaba por estos lares (concretamente por Santo Domingo de La Calzada), y ha cedido esta plaquita -que a mí me ha llamado tanto la atención- a un pueblo al que no le liga nada salvo el titulito enroscado en tubo de estaño con sello real que tendrá guardado en un cuerpo de cajones el el ático de su casa de Madrid
Los tiempos de recortes han hecho mella también en la devaluación de los homenajes, y así la noble piedra de cantero donde a base de firme cincel habríase de haber inmortalizado el acto, se ha convertido -digo- en una reproducción en base de metacrilato sobre fondo sepia que, amén de otras ventajas, dejará escurrir el agua sin que haga úlcera en metales, telas u otros basamentos.

No pasaré ya por la plaza de este pueblo sin tornar la mirada hasta posarla en esta ilustre memoranza. Que me da igual la materia o el conducto o el condado que lo hayan pegado al muro. Sólo la figura de algo tan noble como la portada del Quijote d 1605 pegado a las puertas del ayuntamiento, ya hace brillar este punto de la vieja castilla hasta cegar los satélites de Google Earth que lo atosigan con su prosaico y tontorrón deambular estratosférico.

«Ser el dedicado de 'El Quijote' es un lujo»