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La mejor postura antiálgica

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martes, 18 de diciembre de 2012

LOS LIBROS








LOS LIBROS.

Aprendiendo a respirar la letra impresa
voy requebrando las curvas cerradas del trayecto.
Intento paladear el placer neto, circular, definitivo
de Borges o Cortazar;
pisar  -sin salirme- la línea cervantina,
aunque a veces,
ébrio de Auster o Bolaño
vuelvo rodando  como una albóndiga centrípeta
hasta los pies
de Pessoa,  Coetzee, Willkie  Collins o Cornell Woolrich.

Qué dulces los insomnios a la brisa de vuestras hojas,
libros dilectos y salvados 
una y cien veces del escrutinio triste y salvaje
al que me obliga el  espacio finito de las baldas.

Y apenas quiero aprender nada de vosotros,
Ni ser más sabio a vuestra costa,
Que vuestro tacto me basta, 
vuestra voz quieta y musitada,
Vuestro rectángulo preñado de artificios y de  nadas.

Seguiré aquietando a vuestra sombra
El terrible alarido del silencio,
Pues sólo habrá un par de cosas
más dulce a mis sentidos
que vosotros,  Oh libros!:
follar con Iciar
y alguna tonada de Paul Desmond.








.

domingo, 16 de diciembre de 2012

CUT THE WORLD




Ok, perhaps men we deserve this and even more cause we are the main responsible ones for the most awful deeds in the world. Nevertheless, I´ve had some female bosses (–i´m not saying they merited an ending like this, but…-) hard to deal with.
Impressive, stunning video clip; and marvellous music from Antony and the Johnsosns´s live album. I recommend listen to it repeatedly.








Antony & The Johnsons - Cut the World

For so long i've obeyed that feminine decree
I've always contained your desire to hurt me

But when will i turn and cut the world?

My eyes are coral, absorbing your dreams
My heart is a record of dangerous scenes
My skin is a surface to push to extremes

But when will i turn and cut the world?






Al prinicpio fue el miedo. Y la caza. La caza también. La testosterona producía un tejido muscular más flexible, y más propicio al crecimiento y a la expansión, a la dureza que produce la violencia necesaria para ganar la pieza. Paradójicamente, los más fuertes fueron los que más miedo tuvieron a lo inexplicable que había en el trueno y en el terremoto; fueron los que se contaron a sí mismos los cuentos, las historias, las leyendas que sus madres acabarían susurrándoles antes de conciliar el sueño.  Aquellos relatos degenerarían en altos edificios epopéyicos,  que lanzarían largas sombras que, con el tiempo, edificarían monstruosas religiones  antropomórficas y absolutamente patriarcales. Tras ello se sucedieron mil, dos mil, tres mil años de sombras y luces, de sangre coagulada y ambiciones  cumplidas a base de redoble de tambor de guerra.
Las secetarias sintieron al unísono la llamada a corregir el desequilibrio. Enmendar el desaguisado  histórico con una inyección de estrógeno afilado. Se miraron en la plaza con el dolor de sentirse instrumentos pasivos de una orden foránea mientras la sangre manaba de los cuchillos, segregando  una pista de circo carmesí en torno a sus tacones, espesa, injusta para con sus hombres rectos caídos durante la venganza indiscriminada.
Quizás hendieran sus hojas usadas y gastadas y las enfundaran en los recíprocos estómagos con el fin de acallar los alaridos de sus úteros y los espasmos desconsolados de sus vaginas.
 

domingo, 9 de diciembre de 2012

Steve WILSON





domingo, 25 de noviembre de 2012

MENOSPRECIO DE CORTE Y ALABANZA DE ALDEA (En Otoño)



El bueno de Toso me atosiga con sus banales poemillas. Yo todos se los leo, y algunos hasta se los critico y parafraseo. No es que quiera enseñorearme y echar pecho con lo que sé que no soy. Pero lo poco que pueda decirle de sinalefas, encabalgamientos y calambures a buena fe que de mí lo obtiene. Cada vez que viene a casa se lanza raudo hacia el volumen de Poesía Española de Dámaso Alonso en Gredos. No se lo presto porque un no sé qué en su facha, en sus pelos y en el aire bohemio de sus ropas me dan a pensar que no habría de volver (el libro) o lo haría con algún triste descalabro. Pues hete aquí, que el otro día, entre los acostumbrados sucios manuscritos con que me regala, le hice notar que había un sonetillo que me hacía alguna gracia y del que salvaría algún versillo de los tercetos. Me animó a que lo metiéramos en taller, y efectivamente, en un sí es no es, lo mejoramos, o mejor dicho lo pulí un poco. El resultado era reseñable, y está mal que yo lo diga. Pero no, ya no era la misma obrilla que el bueno de Toso pergeñara en su particular Arcadia. Tirelo, y en castigo a mi arrogancia, y en pago a su discreta e ingenua musa, le prometí colgar su primera redacción en este huerto, donde sé que gusta de pasarse. No habrá exégesis, le dije, tan sólo tu soneto. Eso sí, lo musicaré con algunas imágenes de Scott triscando por la hojarasca que nos está dejando este bello otoño. Me dio su aprobación. Bueno, en realidad espetó un "nihil obstat". El muy capullo



En tanto que el recuerdo del estío

ha despertado al hongo y a la seta
y está la Dehesa con la hierba prieta
en confusión de charcas y rocío...

El buen campesinado siente el brío

del corazón alzado cual cometa
al viento; hinchada su alma de poeta
al ver de nuevo el pueblo envuelto en frío

Aquí, sin embargo, en las ciudades

el tiempo lleva el pulso del cemento
que el salto de los meses nos oculta...

las noches sin luceros... suciedades

banales de turbio sedimento
que nuestro afán de pueblo nos sepulta.

                                    TOSO FUCUR






















sábado, 10 de noviembre de 2012

AUTUMN LEAVES




The thrill outbreaks again as the first time.

And each note, each footage, is loaded with all the sadness of this unjustified world












sábado, 3 de noviembre de 2012

NEBRASKA






De Lekerika salió Inocencio el año 35, así que la guerra la vivió de forma borrosa por las cartas que irregulares le llegaban y a las que, de todas formas, no hacía mucho caso. Desembarcó en California agotado por la distancia y  desencantado por la pobreza en la que encontró a su primo Kepa. Estuvo pastoreando con él cuatro meses en las tierras que rodeaban el pueblo de Modesto, para abandonar finalmente a su mentor (con el que no llegó nunca a llevarse ni templado) y largarse al fin a Nevada con un grupo de paisanos oriundos de Markina. No le fue mucho mejor allí, en el condado de Tuscarora, seguramente por su arrogancia y autosuficiencia, que no le ayudaban a tratar con sus semejantes sin acabar albergando desconfianzas y rencores.  Abandonó pues, también, lo que empezaba a ser el Spanish Ranch, y partió largo hasta llegar a Nebraska. Atravesó las Rocosas en vagones de mercancía, temiendo por sus ahorros de meses de pastoreo cada vez que el tren se eternizaba por los oscuros y larguísimos túneles subalpinos
.
Compró ganado. Cuarenta y dos ovejas. Y solo, sin necesitar de nadie, fue ampliando el rebaño, y construyendo lenta y torpemente lo que al principio no fue sino una  borda de ladrillos de adobe, para luego ir convertiéndolo en un remedo de caserio, como los que recordaba de sus escapadas por Aulesti y Nabarniz.
Se asentó en el condado de Dawes, a las afueras de Chadron, cerca del río Niobrara, y se fue dando a conocer a duras penas, por "el vasco”, que fue convirtiéndose en una voz sinónima de pastor, o “shepherd”. Los pocos que le dirigían la palabra por causas mercantiles, es decir los que le pagaban la lana, o los que le vendían el alambre y otros aperos, le llamaban por su nombre, algo así como “Ínosens”.  De entre los escasos pobladores de aquel poblacho en ciernes, fue sintiendo predilección por esos vagabundos que, como apestados tristes, deambulaban con desidia por las calles de la ciudad, un poco borrachos, sucios y alucinados.
 Eran los indios Pawnee, antiguos señores de aquellas tierras,  a las que llamaran mares de hierba, y donde pastorearon –no hacia tantos años-  a su manera, enormes rebaños de búfalos. Al igual que Inocencio, que había perdido todo el derecho a la tierra del padre -en favor de su hermano primogénito-, lo que le había obligado a emigrar, ellos habían sido desposeídos también, aunque de forma más violenta y ultrajante desde luego. Y se habían convertido en gitanos, en húngaros como los que recordaba haber visto la única vez que fuera a Bilbao a vender verduras en el mercado de El Arenal. Fue contratando a alguno de aquellos indios como mozos aprendices, y no le fue mal.
 Itsaso
Inocencio acudía al burdel de Chadron una vez al mes, y allí se encaprichó de una de sus putas  que tenía algo de sangre india, de la tribu de los Otoe, a la que llamaba Itsaso, porque le fue imposible pronunciar ni recordar el nombre que le pusieron al nacer,  “Xra Da Me Wiupimi”.
Cuando quedó embarazada le hizo entender que era por su culpa, y al morir de un chancro, Inocencio se hizo cargo del chico y se lo llevó a su rancho. Quiso al hijo porque sabía que era suyo, y lo llamó Mikel, y se desvivió por sacarlo adelante. Le fue enseñando a esquilar y a ordeñar, a mamporrear cuando no salía de los animales el apareo, a perderse por los montes con el rebaño y a volverse a encontrar. A espantar a los coyotes, y a orientarse en las noches claras. Mikel se reía cuando veía a su padre pelar una manzana en una sola monda, y le gustaba escuchar los viejos cuentos de los pastores indios que hablaban de otros tiempos en los que las ovejas eran grandes como “wagons” y se llamaban bisontes, o también “dadores de vida”, y eran los rebaños los que movían a los hombres y no los hombres a los rebaños. Podía quedarse sin dormir cuando escuchaba antiguas historia de caza e,n las que los hombres nadaban por la hierba y las piezas
eran objeto del mayor de los respetos cuando eran abatidas por los Lakota, Sioux, Otoe, Omaha, o por los Ponca.
Aprendió palabras otoe-missouria, y su padre observaba atónito cómo Mikel prefería el incompresible galimatías de los gitanos indios al euskera que torpemente intentaba enseñarle.
También los Otoe le inculcaron el amor a la praderas y a los caballos. La sangre de su madre suavizaba su carácter y lo convertía en un niño paciente, abierto y prudente. Cabalgaban a menudo, con las ovejas y sin ellas, por mero placer de ver a lo lejos las tormentas secas con sus rayos devastadores, y los tornados como dedos de dioses que borraban todo a su paso.
Cuando murió, Mikel tenía once años. Inocencio  treinta y cinco, y ya estaba cansado y viejo como cualquier pastor a esa edad. Convencido por los viejos indios, incineró el cadáver del niño en una ceremonia al ocaso, donde rodeado de cánticos funerarios y acosado por las lágrimas y por el dolor, creyó estar viviendo una extraña pesadilla.
Las cenizas se mezclaron con la madera olorosa del promontorio que hacía de altar, y también con la arena seca de Nebraska. Las guardó en una vasija de cerámica pawnee, y hasta que no pasaron doce meses no se atrevió a abrirla, mirar los restos de su hijo y hundir las manos en aquella arena caliente. Al sacarlas, vio que algo se retorcía con elegancia lenta por entre los granos de ceniza. Un pequeño gusano, blanco como una cuajada fresca, le hizo soñar con la idea de las transmigraciones, de las reencarnaciones y de los karmas compensatorios. Los viejos, que se consideraban abuelos de Mikel, le apoyaron en su locura y le instruyeron en cómo hacer para devolver al joven a la vida. Un turpial gorjeador fue traído en una jaula escasa de barrotes de madera. Inocencio vio un pequeño pájaro de pecho amarillo limón y con una uve negra en la garganta. Les dejó hacer a los indios y se extasiaba con la idea que le habían prometido. En un teepee de atmósfera espesa por el humo de las hierbas sagradas, se celebró la ceremonia, de nuevo trufada de cánticos y danzas lacias y desganadas. El pajarillo, ávido por el ayuno de días, se alimentó con el pequeño gusano, tan rápido que a duras penas los ojos pudieron verlo. En un inglés balbuceante le hicieron saber que Mikel estaba ahora en el pájaro. Tras un instante de nuevos cánticos, se volvió a abrir la piel que hacía de puerta del teepee, y alguien trajo un coyote dulce, amaestrado, amigo de los Otoe. Ataron una pata del turpial a una pequeña estaca en el suelo para que no pudiera escapar, y al mover sus alas el perro se abalanzó sobre él para, de un solo bocado, desaparecer al pajarillo. Ahora tu hijo es el coyote, le dijeron a Inocencio los indios metidos a sacerdotes. El pastor vasco ya no sabía si había de esperar que entrara otra alimaña para comerse a el coyote, o si vendría un niño para matar al perro, o qué. Pero no, todo se detuvo. Los oficiantes consideraron que la transmisión había llegado al punto deseado, y le regalaron a Inocencio el animal con el alma de su hijo. Algo que era muy poco corriente, y que él había tenido la enorme fortuna de poder lleva a cabo.
Mikel

Inocencio estuvo a punto de aovejarse, que era como llamaban allí a volverse uno loco por la soledad del oficio. Pero Mikel le fue salvando de hundirse en la demencia gracias a sus carreras y a sus aullidos de perro-lobo-niño.
En 1961 consiguió la residencia legal en aquella su tierra de acogida gracias a una ley emitida por el congreso y ratificada por el presidente Lyndon B. Johnson para incorporar a los pastores sin papeles en la vida social de los Estados Unidos de América.
Por las tardes, tras volver de cabalgar seguido de Mikel para ver las tormentas o los tornados, el de Lekerika se sentaba en su porche a pelar una pieza de fruta, mientras el avispado coyote observaba hipnotizado, esgrimiendo un gesto cercano a la sonrisa, cómo conseguía siempre su padre desnudar la pieza dejando una sola y única monda larga como un muelle.



miércoles, 31 de octubre de 2012

BLACK GOLD SPALDING





Me acabo de comprar un bote de betún y me estoy embadurnando la cara de negro. Yo también quiero ser Black Gold desde que he conocido a Esperanza.





Si investigan por la red la encontrarán gobernando enormes contrabajos de tres cuartos y cuatro cuartos, y bajos eléctricos y acústicos con y sin trastes, jugando a perderse y a encontrarse con la voz y las armonias que toca a la vez en el instrumento. Con su enorme corona de pelo ensortijado como si fuera un aura de santidad jazzística, esta profesora de Berkley y de origen humildísimo está llegando, o quizás haya llegado ya sin duda a donde había de llegar.







Esperanza Spalding - "Inútil Paisagem" from Steve Lippman/FLIP on Vimeo.



lunes, 29 de octubre de 2012

RESETEANDO



Saco tímidamente la testa por este sitio como temiendo que todo esté manga por hombro. La saco como lo hiciera  Ford-Decker bajo la densa lluvia de Los Angeles en 2019, ayudándose de sus quebrados dedos para emerger a la superficie de la azotea donde entrevé, casi con total seguridad, su muerte.
Pero todo sigue igual que como lo dejé: con Chucho Valdés haciendo las veces de punto final hasta que se decidiera lo contrario.
Decker, que escucharía atónito esas maravillosas palabras acerca de momentos que se perderían como "tears in rain". Palabras musitadas por Hauer-Batty, y magistralmente creadas por P.K.Dick, que con gusto me estamparía en una camiseta si no fuera un gesto tan extravagante (freaky iba a decir).
Bueno, pues curo así con éste la afonía ekoizlera que ya iba durando demasiado. No ha supuesto, sin embargo, este silencio que haya estado sumido en el marasmo de la inacción depresiva. No. Ni mucho menos. Una enfebrecida vorágine de películas y conciertos, aderezada incluso por unas elecciones autonómicas de aciagos resultados (no menos tristes por sobradamente previstos), ha sido la sopa en la que se ha ido cocinando mi vórtice laboral: la extenuante campaña editorial que me sumerge cada año en una rueda interminable de falta de tiempo para casi todo.
He perdido peso he de decir también. De lo cual estoy muy satisfecho aunque más bien sea mérito del estrés más que de una planificada dieta. Esta pérdida de lastre hace que ahora busque el acomodo del olvidado cinturón para que no vaya mostrando  cual espinilla andante la ropa interior por retaguardia.

Sin entrar en más detalle, diré también que mi corazón ha sufrido en pocos días vaivenes virulentos  y sacudidas terribles, lo cual no es sino moneda de curso entre los que tozudamente nos obstinamos en seguir vivos. Y así, unas veces en alta mar, otras al albur de la zozobra del castigo batiente en procelosa tormenta, y otras encallado en marismas de fétido aluvión, mi corazón se esfuerza por recordar que cada momento posee el regusto de la vida por muy ácida que nos devuelva la vesícula su bilis amarga.

Me siento a gusto aquí. En este huerto mío. Donde no sé por qué me demoro a veces tanto en venir  a desccansar  el verbo entre estas flores y frutales.



Acabo de terminar "Papeles en el Viento",  de Eduardo Sacheri, que recomiendo encarecidamente. Háganse con ella y les prometo una gratísima experiencia. Por lo que les pida el librero se llevarán la segura promesa de dos o tres horas en el deleite de esta historia ríoplatense. Apenderán de fútbol (o no) y de la amistad. Y conocerán a Daniel El Ruso, un personaje impagable, niño grande y corazón silvestre de la novela. Pero tú no, amigo Laguna. Tú no la merques, pues en cuanto la suelte Iciar te la regalo (la novela). Te irá de tercer ojo ya, pero te aseguro que es tuya desde el primer momento que empecé a sonreir ojeando sus páginas, y cuando empecé a pensar que aquél libro debería acabar en tus manos.



El martes pasado me regalé un maravilloso concierto de jazz con el cuarteto de Archie Shepp en la Sociedad Filarmónica de bilbao. Un tanto estrecho en mi butaquita centrada y delantera, me alegré sobremanera de haber soltado el lastre de los cinco kilos doscientos treinta gramos de mi "waistline", pues me otorgó cierta holgura en aquel gozoso enclaustramiento sedente.
Casi todos los músicos septuagenarios. Meritorio y enternecedor ver arrastrar la vida de estos negros maravillosos a traves de su pasión y de su oficio. Enternecedor como cuando al terminar la actuación, veo que el pianista y el baterista corrían al auxilio del contrabajo Wayne Dockery (en la foto, con gafas), quien, con sus escasas fuerzas y las que le prestaban sus compañeros, saludó sin mucho énfasis al público aplaundiente, mientras ponía todo su afán en salir del escenario para arrojarse a alguna cómoda silla que le esperara en bambalinas.
Con tal panorama, me resultó difícil reclamarles un bis por evitarle al provecto contrabajista el sufrimiento de tener que volver a salir y tocar una pieza más. Con todo, lo hicieron, para desplegar un cálido e impagable "Round Midnight" que inundóo la despedida con una cálida melodia monkiana. Ver a Shepp. Escucharle. Fue como colarse a través del tiempo en un club brumoso de Chicago donde su saxo se confundía con el de un Coltrane redivivo.